Repensar la masculinidad desde los márgenes: una experiencia con hombres negros migrantes en situación de calle

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Por: Abdón Adán Hernández,

Él es educador en el proyecto PRESIMI para la rehabilitación de personas sin hogar y salud mental en proceso de exclusión. También es facilitador de grupos de hombres.

Cuando, en mi trabajo como educador con personas con enfermedad mental duradera en situación de exclusión social, me ofrecieron la oportunidad de facilitar un grupo de hombres para revisar nuestras masculinidades, no imaginaba hasta qué punto todo lo que había aprendido y cuestionado a nivel personal iba a diferir de la realidad que me encontraría en aquel espacio colectivo.

Por el hecho de ser hombres compartimos ciertos privilegios; sin embargo, aquí entra en juego la interseccionalidad: un concepto que ninguno de nosotros conocía al inicio.

Aspectos como el racismo, la clase social, la cultura, el estigma asociado a la enfermedad mental o la experiencia migratoria empezaron a ocupar un lugar central en nuestras conversaciones.

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En la medida en que fui profundizando más en sus historias de vida, entendí que era imposible hablar de masculinidad sin hablar también de migración, racismo, salud mental, pobreza y exclusión social.

Las experiencias migratorias de estos hombres suelen estar marcadas por largos recorridos, incertidumbre, situaciones de violencia, pérdidas personales y riesgos extremos durante el tránsito. A ello se suma el desarraigo cultural al llegar a España, la separación de sus familias, las dificultades para acceder a empleo, vivienda o redes de apoyo, y la experiencia cotidiana del racismo. Todo ello genera un enorme desgaste emocional que puede contribuir al desarrollo o agravamiento de problemas de salud mental.

Cuando la enfermedad mental aparece, las dificultades se multiplican. Muchas personas encuentran barreras para acceder o mantenerse en los recursos sanitarios y sociales que necesitan. Sin apoyos suficientes, algunas terminan viviendo en la calle o en situaciones de gran vulnerabilidad, con una elevada exposición al aislamiento, al consumo problemático de alcohol u otras sustancias y a nuevas formas de violencia.

En el proyecto PRISEMI trabajamos precisamente con personas que se encuentran en estas circunstancias. La intervención clínica se realiza a través de los servicios de salud mental mediante tratamiento psiquiátrico, atención psicológica y seguimiento profesional. Desde el ámbito socioeducativo tratamos de complementar ese trabajo favoreciendo la adherencia al tratamiento, el acceso a recursos, la recuperación de vínculos y la construcción de proyectos de vida más estables. Fue en este contexto donde nació el grupo de masculinidades.

Después de varios meses compartiendo espacio con ellos, me di cuenta de que muchas de las herramientas, dinámicas y referentes que yo conocía para trabajar la masculinidad resultaban insuficientes para abordar la experiencia concreta de hombres negros migrantes con enfermedad mental y en situación de exclusión social.

Yo, como hombre heterosexual, cisgénero y blanco, que vive y trabaja en su país de origen, parto de una posición muy diferente a la de ellos. Compartimos ciertos privilegios por el hecho de ser hombres, pero nuestras experiencias están atravesadas por desigualdades que no pueden ignorarse. Fue precisamente en el grupo donde comenzamos a reflexionar sobre cómo la interseccionalidad atraviesa nuestras vidas y nuestras formas de entender la masculinidad.

Aspectos como el racismo, la clase social, la cultura, el estigma asociado a la enfermedad mental o la experiencia migratoria empezaron a ocupar un lugar central en nuestras conversaciones. No porque expliquen o justifiquen actitudes machistas, sino porque ayudan a comprender desde qué contextos se construyen determinadas formas de ser hombre y cómo pueden transformarse.

Muchas de las preguntas que nos acompañan desde hace más de dos años nacen de sus propias experiencias:

  • ¿Cómo ha cambiado nuestra vida a lo largo del proceso migratorio?
  • ¿Qué significa ser hombre cuando ya no podemos ocupar el papel que esperábamos tener dentro de nuestra familia?

  • ¿Cómo son nuestras relaciones con las mujeres aquí y cómo eran en nuestros países de origen?

  • ¿Qué ocurre cuando sentimos que hemos fracasado en el proyecto migratorio que nos llevó a dejarlo todo atrás?

  • ¿Qué relación mantenemos hoy con nuestras familias?

Las respuestas son diversas, pero aparecen temas recurrentes: la culpa por no poder ayudar económicamente a quienes quedaron atrás, el dolor de la distancia, la sensación de haber perdido el lugar que ocupaban en sus comunidades de origen, la soledad y la dificultad para expresar vulnerabilidad.

Precisamente por eso, uno de los mayores logros del grupo ha sido convertirse en un espacio de confianza. Un lugar donde poder hablar sin miedo al juicio, compartir emociones que rara vez encuentran espacio en otros contextos y descubrir que pedir ayuda no es incompatible con la masculinidad.

Además de trabajar cuestiones relacionadas con la igualdad y las relaciones de género, el grupo permite reconstruir vínculos, fortalecer redes de apoyo y combatir el aislamiento que tantas veces acompaña a las personas en situación de exclusión.

También hemos reflexionado sobre cómo son percibidos estos hombres por la sociedad. Con demasiada frecuencia quedan atrapados entre la invisibilidad y el prejuicio. Se les mira desde estereotipos que los presentan como personas que no quieren trabajar, que viven de las ayudas o que son responsables de su propia situación. Muy pocas veces se presta atención a los procesos de exclusión, a las experiencias traumáticas o a las barreras estructurales que han condicionado sus trayectorias.

También tenemos claro que nos gustaría compartir este camino con muchas más personas.

Esta mirada simplificadora no solo dificulta la inclusión social, sino que contribuye a reforzar el aislamiento y el estigma.

Por eso creemos que es necesario ampliar el debate. Si queremos construir sociedades más igualitarias y cohesionadas, necesitamos más recursos especializados en salud mental y sinhogarismo, más políticas de integración, más acompañamiento social de largo recorrido y más espacios comunitarios que favorezcan relaciones saludables y el sentimiento de pertenencia.

También necesitamos cuestionar los prejuicios que siguen condicionando la forma en que miramos a las personas migrantes, especialmente cuando se encuentran en situaciones de exclusión.

Desde esta experiencia queremos hacer un llamamiento a las instituciones para que apoyen iniciativas que combinen la atención social, la salud mental y la reflexión sobre las masculinidades.

Desde donde deplazar los enfoques exclusivamente punitivos porque resultan insuficientes para generar cambios profundos. La transformación requiere espacios donde las personas puedan revisar sus creencias, cuestionar conductas dañinas y construir nuevas formas de relacionarse consigo mismas y con los demás.

El grupo de masculinidades ha demostrado que esos espacios son posibles. No solo contribuyen a prevenir violencias y promover relaciones más igualitarias, sino que ofrecen algo fundamental a personas que durante mucho tiempo han sido invisibilizadas: la posibilidad de sentirse escuchadas, reconocidas y parte de una comunidad.

En definitiva, hablar de masculinidades negras migrantes en situación de exclusión no es únicamente hablar de género. Es hablar también de racismo, salud mental, desigualdad, migración y derechos humanos. Y es reconocer que cualquier transformación real pasa por escuchar las voces de quienes viven estas realidades en primera persona.

Nada de esto habría sido posible sin el Espacio Annette Cabbedy, que desde hace más de dos años nos abre sus puertas para reunirnos. Queremos agradecer especialmente a las compañeras que impulsan y sostienen este espacio, porque desde el primer día nos acogieron con generosidad y facilitaron que el grupo pudiera desarrollarse en un lugar confortable, seguro y plenamente integrado en la vida comunitaria.

Reunirnos en un espacio compartido con las mujeres y con las personas que participan en las diferentes actividades socioeducativas ha contribuido también a normalizar nuestra presencia y a entender que la reflexión sobre las masculinidades no debe hacerse en aislamiento, sino formando parte de una comunidad comprometida con la igualdad, el cuidado mutuo y la transformación social.

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